
Los interrumpió abruptamente, diciéndoles que él era experto en limpieza e hilvanó una serie de falsos ejemplos que lo mostraban como un entendido en la materia. Los hombres, tal vez por necesidad, o tal vez por lástima, y descubriendo la verdadera necesidad de Ferrante, pautaron un nuevo encuentro en el gimnasio, sin seguridad de poder tomarlo, pero con la certeza de estar dándole a este casi harapiento desconocido, una oportunidad que para él, era verdaderamente importante.
Al día siguiente, pasadas las 6 de la mañana, en la esquina de Charlone y Alvarez Thomas, en el barrio porteño de Chacarita, estaba Ferrante esperando a estos dos hombres que sin duda ahí lo esperarían. Su espera fue larga porque leyó el papel al revés. Los hombres aparecieron en esa esquina puntualmente a las 9 horas. A Ferrante le temblaban las piernas (no se sabe si por los nervios o el cansancio).
Lo aceptaron en el trabajo, y se integró muy bien a una troupe de luchadores de catch que respondían a uno de los dos hombres de nombre Martín, con apellido armenio, a los que Demian había conocido esa fría noche en Banchero Once.
Los luchadores lo incorporaban a sus bromas a diario, gritándole al verlo pasar: “…Que hacés Marcelo?” Demian, casi al unísono respondía: “Que Marcelo?” a los que los muchachotes le respondían a coro “agachate y conocelo”. O bien le decían: “…como te llamás Vos?.. Ferrante a los gritos contestaba “Demian” y los luchadores descostillados de risa le respondían: “pasa por aca que si querés te la dan”. Con los meses, más que repetitivas, las bromas pasaron a ser tristes.
Pero Demian, mamaba conocimientos del catch todos los días. Martín, el joven armenio, lo había adoptado como su protegido. Y él, más allá de las risotadas de la mayoría, se sentía querido.
Una tarde, mientras limpiaba la parte de arriba de los lockers del gimnasio tiró un frasco de lavandina sobre la cara de Roberto Liporacce, un luchador que usualmente usaba una mascarilla roja sobre su rostro. El joven quedó ciego al instante. La guardia médica que lo atendió, estimó que un par de días. Roberto no podría practicar catch hasta reponerse totalmente.
En el vestuario, mientras Demian seguía limpiando, Liporacce se echó a llorar a los gritos, explicando su reacción a la necesidad que tenía de dinero, para afrontar gastos familiares. Su lesión le impediría contar con ese dinero y esa era su pena.
Ferrante se incorporó sobre un banco en forma eléctrica al grito de “Yo lo voy a ayudar…yo ocuparé su lugar”!!!! Los que estaban en el vestuario se quedaron mirándolo azorados, dudando entre si el flaco que limpiaba era un ser tremendamente solidario o un imbécil de condiciones mayúsculas.
Casimiro Arenas, conocido de varios luchadores, con los años reconoció que todos en ese momento se volcaron por la segunda opción.
Dos días después, Demian se calzó el traje, la máscara roja y se enfrentó al luchador que todos llamaban Ulises el griego, con el arbitraje del conde Schiaffino.
Claro está que perdió y salió seriamente lastimado: doble fractura expuesta de cúbito y radio a los dos minutos de combate. Tuvo que abandonar la velada. Nunca nadie preguntó qué fue de la vida del cachet que le correspondía. Hay quienes dicen que nunca recibió nada de parte del joven armenio. Los defensores acérrimos de Demian aseguran que entregó en mano el dinero a la familia Liporacce en el hall del Hospital Santa Lucía. No falta algún desconfiado que deslizó que Demian –aun enyesado- tomó el dinero y súbitamente desapareció del gimnasio.
De esta etapa de la vida de Ferrante, podemos ver más de una referencia en su obra “Mi Lucha”. Más de un memorioso, recuerda que los primeros trazos de este libro, fueron bastante desprolijos porque Demian estuvo con un yeso por más de 6 meses.

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