25 mayo, 2007

Situación límite

Era una tarde gris y plomiza como pocas. De esas que desaniman a fondo, de las que sumen en una profunda depresión al más optimista. Y a Ferrante Kramer, esas tardes lo podían....

Demian necesitaba más que nunca un elogio, una caricia. Estaba desesperado...

Y fue en medio de esa angustia que balbuceó: “¡Qué lindo sería un mimo, un miimooo...!”, como clamando por un milagro.

Sus ruegos en alguna medida fueron escuchados, aunque mal interpretados... En ese mismo instante, el cable local ponía al aire un documental sobre la vida de Marcel Marceau, el genial clown... Daba la sensación que hasta la televisión gustaba gastarle bromas pesadas al peruano...

No obstante aquella ironía del destino, lo cierto es que Demian estaba realmente mal; no encontraba eco a su dolor. “Soy un creador, un literato, y no puedo ganarme la vida haciendo lo que me gusta!!... Por qué?”, se repetía desconsoladamente entre lágrimas.

Washington, un indocumentado como él, de nacionalidad uruguaya, y con quien compartía la renta de la habitación en un pobre hotelucho de Retiro, quedó impactado por lo dramático de la escena. Era un tipo muy sensible, de esos que se abren y lo dan todo... “No sea que a Ferrante se le dé por hacer una locura”, meditaba... “No la soportaría”.

Pero, aquel nudo que Demian tenía en la garganta le reclamaba terminar ya mismo con tanto pesar... Apretaba demasiado como para no hacer nada. Y decidido como siempre lo fue, el Coloso resolvió tomar una resolución drástica y final ...

“¿Cómo que vas a dejar de trabajar... Y de qué vamos a vivir?”, le recriminó Washington mientras terminaba de pintarse los labios. “Yo sola no voy a hacer la calle... Hacela también vos, si querés comer y pagar tu parte de la pensión...Entendiste peruquín?”, le recriminó con furia inusitada.

A aquella altura de su vida, Ferrante Kramer lo había aceptado todo. Incluso, hacer unos pesos como travesaño... Había tocado fondo, no cabían dudas ... Ya casi no quedaban vestigios del hombre de letras que supo ser.

“Estoy podrido de esperar!!... Quiero que me reconozcan como el escritor latinoamericano que soy, y lo quiero ya!”, gritó, esperando el apoyo de su compinche... Pero cualquiera sabía que su prédica resultaba imposible...

¿Cómo esperar que lo“re-conocieran” cuando siquiera lo “conocían”?. Ferrante era nada, un Don Nadie absoluto. Pero el titán de la pluma se negaba a aceptarlo... El único que a duras penas lo había reconocido era su padre, quien no pudo negarse ante el parecido que guardaba con su hermano Dionisio.
En la medida que indagaba en su dolor, su desesperación aumentaba... “Tengo que hacer algo grande”, se dijo... “Algo de lo que nunca se olviden.... Ya sé, voy comunicar a los medios que dejaré de escribir para siempre”, sentenció ante Washington que, viendo que estaba cada vez más loco, comenzaba a armar las valijas para irse.

Pero, aunque la decisión ya estaba tomada, Demian sabía que sólo no podría con semejante movida, que necesitaría ayuda. Y se decidió por la de la Fundación que llevaba su nombre.

Había estado apenas unas pocas veces allí ... Para dejar una nota bajo puerta –cuando el fallecimiento de su amigo, el goleador Ferenk Puskas- o disfrazado de empleado de una empresa de desinfecciones, para matar aquella rata que había destrozado su Biblioteca, no más.

Pero no importaba, la cuestión era enfrentar la realidad y decirles: “Amigos, se terminó el Atila peruano... Ferrante Kramer dejará de escribir para siempre”... Y quizás a partir de allí –imaginaba- “... Me valoren por lo que realmente valgo”.

Estaba a metros de la puerta de entrada de la señera institución de Villa Martelli, cuando lo atacó el miedo. No era moco de pavo... Iba a patear el tablero; su decisión implicaba un cambio en el mundo de la literatura moderna –al menos eso pensaba-.

No obstante, se armó de valor y siguió avanzando los pasos que le faltaban. Y fue durante aquel pequeño trayecto que a Ferrante le pareció que la gente del barrio lo miraba, que su presencia no pasaba inadvertida.

El timbre de la Fundación, un ding dong clásico, sonó como presagiando un “adiós”... Parecían campanadas de despedida; todo aquella escena semejaba a un filme francés de los años ’60, lánguido, lento, triste, en blanco y negro.

Con un fuerte crujido, la puerta de la Fundación se abrió de par en par y dejó ver la figura de una señora, algo poco habitual en aquella institución machista de Martelli; y allí, la sorpresa...

Ferrante no necesitó de presentación alguna... Ni bien fue visto por la mujer, se escuchó un “Ay!!... Mi Señor!!...Madre mía, no lo puedo creer!!”, a la vez que se precipitaba a cerrar la puerta.

“¡Upa!!.. Parece que todavía no me llegó la hora!”, gritó a los 4 vientos girando sobre sí, como para que todo el barrio lo viera y escuchara... La exclamación desmedida de la supuesta ama de llaves de la Fundación, le había insuflado nuevos aires a su agónica existencia, le había abierto una esperanza... “Me dijo MI SEÑOR; me reconoció y se enloqueció como una quinceañera!!”... “¿Me habrá llegado verdaderamente la hora de decirle adiós a las letras?”, reflexionó.

Demian siguió insistiendo por largos minutos con el timbre. La mujer no había vuelto a abrirle. De todas maneras, ya no estaba tan seguro de lo que quería hacer con su vida como cuando había llegado...Visto el nuevo panorama, no era tan sencillo...

Para más, poco a poco se había amontonado gente en la vereda de enfrente y linderas con la Fundación; serían unas 50 personas las que estaban pendientes de lo que ocurría en el lugar.

La situación estaba lejos de incomodar al Coloso, quien ya a esa altura se mostraba como en su casa. Alardeaba como un “pavo real”, moviendo su cuerpo exageradamente y blandeando su abundante cabellera.

Hasta había encendido un cigarrillo –no fumaba desde su encuentro con Truman Capote- y lanzaba bocanadas de humo como un intelectual; hacía mucho tiempo que no era admirado por el populacho de esa forma, y le agradaba la sensación de ser observado, aunque más no fuera como un mono en un zoológico... El peor pecado de todo artista –la vanidad- se hacía presente aquella tarde en Martelli en la persona de Ferrante Kramer.

De pronto, el ulular de unas sirenas se interpuso a los murmullos de la chusma. Era la policía... Ferrante especuló que el desmadre producido por “su presencia “ había alertado a las autoridades, y eso incrementó aún más su ego. “Buen comienzo para una nueva vida, no chicos?”, le susurró al oído a uno de los agentes del orden, mientras le guiñaba un ojo al otro en actitud cómplice….

Al día siguiente, el abogado de Washington, lograba la liberación de Ferrante; estaba preso en una comisaría del partido de Vicente López. Había sido detenido por una serie de denuncias recibidas en la seccional local por “comportamiento obsceno en la vía pública”. Entre tanta excitación y bronca, Demian había olvidado de mudar su ropa de trabajo antes de salir.

1 comentario:

Marcel dijo...

Si no hubiera sido por esa repeticion de ese documental en cable esa tarde... no habria sido feliz nunca en la vida
gracias por el recuerdo

Marcel
(Mar del Plata)