"Dame cabida Walter... No te cortés".
El pedido era repetido y sistemático. Patricio Jara Valdez, "el chilote" como se lo conocía usualmente en la Fundación, reclamaba periódicamente un poco de espacio.
Patricio, era oriundo de Valparaíso, y había llegado una mañana preguntando por unos cursos de la Universidad Ferrante Kramer. Un poco por comodidad, y otro poco por no tener donde ir, pululaba a diario entrando y saliendo de la sede de la Fundación, como un artista secundario de reparto en la historia de los allegados al Peruano Dorado.
Sin tener claro el origen de la devoción al peruano por parte de este chileno, tenemos que decir que nunca se acomodó en el lugar que el mismo Liberatti le había dado. A tal punto que, como indicamos al principio de este relato, constantemente reclamaba más lugar, o sea un poco de poder.
El pedido era repetido y sistemático. Patricio Jara Valdez, "el chilote" como se lo conocía usualmente en la Fundación, reclamaba periódicamente un poco de espacio.
Patricio, era oriundo de Valparaíso, y había llegado una mañana preguntando por unos cursos de la Universidad Ferrante Kramer. Un poco por comodidad, y otro poco por no tener donde ir, pululaba a diario entrando y saliendo de la sede de la Fundación, como un artista secundario de reparto en la historia de los allegados al Peruano Dorado.
Sin tener claro el origen de la devoción al peruano por parte de este chileno, tenemos que decir que nunca se acomodó en el lugar que el mismo Liberatti le había dado. A tal punto que, como indicamos al principio de este relato, constantemente reclamaba más lugar, o sea un poco de poder.
Claro está que para Liberatti, Jara no existía. Ya había enfrentado a un sin fin de facinerosos y carroñeros que habían intentado -de una u otra manera- desplazarlo del poder para usar la imagen del Atila peruano en beneficio propio. Jara, al parecer, no representaba peligro alguno para cúpula de la Fundación.
Esa indiferencia de Walter hizo que Jara fuera tejiendo una telaraña de poder en las sombras que con el tiempo se volvió verdaderamente peligrosa.La cosa es que en la primer semana del mes de diciembre de 1985, Walter se fue unos días a la casa que poseía en Las Toninas, localidad balnearia del Partido de la Costa en la provincia de Buenos Aires, con la idea de acondicionarla para el alquiler de la próxima temporada estival, y generar de esa forma, un ingreso para afrontar el año que se iniciaba.
Una vez alquilada la casa, Walter emprendió el regreso contento de disponer de unos pesos en el bolsillo. El regreso se produjo muy temprano en la mañana, por lo cual llego a Villa Martelli a primera hora de la tarde. Quiso, pasar por la Fundación y llevarle a alguno de sus compañeros de andanzas, unos alfajores Plasomar.
Dejo los bolsos en su casa, y casi sin apagar el motor de su Renault 12 break, marchó directo para la sede de la Fundación.
Le pareció raro ver toda la cuadra de la sede con autos estacionados de ambos lados. “Tal vez puede que sea porque hay mucha gente en el centro haciendo las compras de las fiestas” -pensó-, aunque ahí mismo aniquiló su pensamiento, al recordar que la sede de la Fundación estaba a más de 25 cuadras del centro comercial de Villa Martelli.
Con cierto fastidio, estacionó el auto a doscientos metros de la sede y marchó bajo el sol a entregar los alfajores. Su sorpresa aumentó cuando vio una parada de taxis a pocos metros de la sede de la Fundación, con más de doce automóviles en doble fila, esperando pasajeros.Walter llegó a la puerta principal, y quedó petrificado. Iba a abrir la puerta con toda la furia que tenia acumulada, cuando sintió algo que lo dejó literalmente sin aliento: una voz finita con acento chileno que desde adentro gritaba: "...No va máaaaaassss!!!!!"
Continuará…
















