
El Coloso de Tumbes, de regreso a su patria, daba que hablar a la prensa. Parecía cierto aquello que le dijera doce años atrás a Felisa, su madre: “… Cuando vuelva, mamá, no tendrás palabras para con tu hijo. Te voy a sorprender!... Voy a ser todo lo que imaginaste para mí!... Solo necesito tiempo”
Zarandeando una blonda melena al viento -que había adoptado siguiendo a los popes de la incipiente psicodelia de aquel entonces en Norteamérica-, el Peruano Dorado ascendió a un coche de alquiler que había reservado.
Hasta el conductor lo reconoció: “Ferrante Kramer, no?”… “Dónde lo llevo…. Esteee…. señor”. El chofer no dejaba de mirarlo. Demian era todo un ícono de esa época de cambios. Pero estaba en Tumbes, un lugar apacible y monótono, donde solamente tipos así, con ese “look” de outsider, se los veía en revistas o en la televisión.
- “A la posada de mis padres!”, ordenó… “Ya sabe dónde queda, no?”, preguntó, aunque sabía de antemano la respuesta. “Vamos directo a Tumbes, esteee… Señor”, volvió a decir con nerviosismo el remisero. No cabía duda alguna que la estampa de Ferrante lo intimidaba.

El peruano se regodeaba figurándose las expresiones de todos, incluso la de su padre Doroteo, quien afirmaba –refiriéndose a él-, “Este nunca va caer parado!”…
El auto de alquiler se detuvo y sobresaltó a Demian quien, se sorprendió al ver todo seguía igual que una década atrás. Hasta la pintura del frente parecía ser la misma… “Qué pobreza!”, exclamó, y descendió del auto, con un paso entre soberbio y algo afectado.
No tuvo que golpear la puerta. El sonido del vehículo había alertado a Felisa, quién no pudo creer lo que tenía delante de sus ojos…
- “Mamá”, gritó Demian, y sobrevino el desmayo.
Al rato, y rodeado de todos los Ferrante Kramer, Felisa volvía en sí. A lo lejos veía marcharse a Demian, así como había venido, acompañado de un amigo ocasional, escritor también, y tan culpable como su hijo del vahído sufrido: Truman Capote.
Desde lejos se oían los gritos del Peruano dirigidos a su madre: “Me echaron mamá!!... Dionisio, Duillo, Danilo y papá me echaron!... Pero viste?... Senté cabeza, senté cabeza como tu querías!”, entretanto señalaba al pequeño Truman.
Felisa pidió estar a solas un momento, y se recluyó en su habitación. Tomó un viejo álbum familiar de fotos y se dirigió directamente a una en particular… Era la del tío soltero de Demian, y su ídolo; el hermano de Felisa, con quien el Atila peruano pasaba tanto tiempo de niño.,,
- “Tú y tus consejos raros me lo hicieron así, Dante!!”…
Desprendió la foto con furia y la partió en varios pedazos. Pero ya era tarde, no podía dar marcha atrás con Demian. Bastante atrás había ido solo.
En ese mismo instante, desde afuera de la habitación, Dionisio le avisaba a su madre que el tío Dante había llegado a almorzar. Felisa enjugó sus ojos, y salió, como si nada:
- “Hola, Dante, como estás… Toma asiento. Dime, tu amigo también se queda a almorzar?”