Cualquier ser mortal que hubiera comido y bebido lo que Demian aquella noche, habría muerto. Pero en Demian, la comilona solo le produjo pesadillas.
Natalio y Braulio ya se habían retirado a dormir. Pero Demian se encontraba inquieto, descompuesto.
Giraba sobre sí, dando vueltas sobre el colchón, como si tuviera un demonio dentro. En medio de sueños horrendos que lo remontaban a aquel verano del 75, y quizás estimulado por el alcohol ingerido, Demian comenzó a recordar algunos pasajes de su odisea.
Se le aparecían caras de viejos lugareños, de doctores, enfermeras… Veía pasar ambulancias; escuchaba el sonido de sirenas policiales. Y también de gente que decía: "¿Estará muerto?... ¿Es cierto que estuvo más de una semana flotando en el Atlántico?... ¿Cómo fue que llegó a Mundo Marino?... ¿Che…Tiene manos?... ¿Respira por los pulmones o tiene branquias?..."

Así, en medio de una
pesadilla interminable, sintió que
le faltaba el aire. Como si nuevamente se estuviera ahogando,
igual que 30 años atrás. Intentó emitir un grito de auxilio, pero algo se lo impidió. Fue cuando abrió los ojos y vio todo nublado.
Estaba maniatado, pero
no era por una fuerza humana. Solamente sus piernas estaban libres, y
decidió correr.
Casi ciego, creyó ver algo de luz exterior y se precipitó en esa dirección.
El ruido de vidrios rotos alertó a Braulio y a su padre, quienes al levantarse y encender la luz, vieron que el ventanal estaba destrozado. Y a la distancia, en dirección a la playa, una silueta casi humana, que corría zigzagueante, de manera enloquecida..

-
"Demian!”, gritaron ambos al unísono, mientras se calzaban unas alpargatas para salir detrás del que parecía ser el
Peruano Dorado. Estaba amaneciendo, y eso facilitaba un poco la visión.
Cuando Braulio y Natalio salieron de la casa, la silueta que habían visto corriendo instantes antes, había desaparecido. No obstante,
un tumulto de pescadores que se divisaba a unos 200 metros, llamó la atención de ambos y se dirigieron a la zona. Quizás fuera el peruano…
Padre e hijo se abrieron paso entre la muchedumbre, y lo vieron...
Flotando a la deriva, y a merced de las olas, podía verse un cuerpo,
posiblemente humano o humanoide. Los separaba una cuadra de distancia, no se alcanzaba a ver…

Todos gritaban los habituales:
“Uhh!!... “Ohh!”… “Sálvenlo”… “Es una persona o una bolsa de basura?”.. “A mi me parece…”… Pero nadie movía un músculo. Hasta que
Braulio, sin avisar siquiera a su padre, se lanzó al mar en busca de
“eso”, que bien podría ser Demian.
Habrán sido 20 minutos los que demoró Braulio en
traer aquel paquete a la playa, pero suficientes para alentar en cada uno de los presentes tanto el
mayor optimismo como el peor de los pesimismos.
Efectivamente, era
Demian Ferrante Kramer, el Coloso de Tumbes. Podía verse su cabeza y sus pies, pero el tórax, piernas y brazos, se encontraban envueltos en una especie de plástico, que dejaba ver la leyenda
“Piero”. Era la funda del colchón…
El viejo Natalio lo miró, y se largó a llorar…
“Esta vez está muerto, no llegué a tiempo!”.
-
“No, papá!... No te rindas!”, gritó Braulio… Y como en cuento de hadas, la muchedumbre comenzó a corear:
“Sopapa, sopapa, sopapa!”…
Natalio levantó su mano en señal de asentimiento a la multitud, y se arrodilló… Fue cuando acercaba su boca a la del peruano, que lo vio abrir los ojos…
“Está vivo!”, murmuró silente. Y como llevado por un viejo recuerdo, comenzó su trabajo de respiración
“boca a boca”, durante casi una hora…
Todos los presentes se dieron cuenta de la situación, y pegaron media vuelta. No quisieron ver más...
Demian pataleaba como un hombre rana, de espaldas a la arena, sujetado por la sopapa del viejo Natalio; más que ayudarlo, lo estaba matando.
Después de aquella jornada, el
Peruano Dorado jamás retornó a
San Clemente del Tuyú. Y cada vez que le mencionan Mundo Marino, siente arcadas.
FIN