Si bien aquel viejo lobo de mar no era mismo de antaño, su presencia igualmente seguía conmoviendo al peruano. Aquel “boca a boca” que creía enterrado en el pasado, afloraba con inusitado brío y creaba confusión en Demian... La página de Natalio Vincennau -también conocido como “sopapa” en San Clemente- aún olía a tinta fresca 30 años después... Parecía estar reclamándole a Ferrante una nueva lectura.El Peruano Dorado se negaba a aceptarlo, pero su reencuentro con Vincennau lo estaba afectado negativamente. Un montón de sensaciones que creía olvidadas y que pertenecían a sus épocas de descontrol, lujuria y desenfreno, comenzaron a invadirlo nuevamente… ¿Qué le estaba ocurriendo?... ¿Nuevamente la ambigüedad lo tomaba por asalto?.... ¿Cómo podía ser que ese fantasma lo persiguiera después de tantos años?...
Demian intentaba minimizar el hecho pensando “Vamos, ya somos hombres grandes!”, pero de golpe se daba cuenta que no podía contra el instinto que lo llevaba nuevamente rumbo a lo desconocido… Como en ese preciso instante, cuando cayó en la cuenta que desde hacía largos 10 minutos mantenía las manos de Natalio entre las suyas, en una apretón de bienvenida interminable…
- “Pucha, Vincennau!”, exclamó, mientras lo soltaba despaciosamente, para no llamar la atención… “… Lo que es la emoción del encuentro, no?”, agregó, para disimular. Pero por más que hacía, Demian sentía que la situación lo sobrepasaba, y que se encontraba indefenso.Natalio, baqueano de la naturaleza humana, percibió que Ferrante se encontraba incómodo, aunque no sabía el motivo. Se le notaba en la mirada, los gestos, la turbación… Y lo ayudó rompiendo el silencio…
- “Hombre de la Atlánt...”, dijo, corrigiéndose de inmediato...
- “Cuál es tu nombre, nunca te lo pregunté?..”
- “Ah!!... Demian.... Demian Ferrante Kramer”, respondió sonriendo nerviosamente. Y mientras pronunciaba su nombre, el peruano veía cómo su mano intentaba alcanzar a la del viejo tuyutense; no tenía control sobre ella, se movía como respondiendo a un mandato… Por suerte, se percató a tiempo y se abstuvo... “Pero, qué te está pasando peruano atorrante, que no te podés controlar!”, se dijo para sí, e intentando recomponer el diálogo, repitió:
- “Demian, sí, creo que aquella vez nadie me llamó por mi nombre”…
- “Estás parando por acá, Demian?”, interrogó Vincennau, sin saber que el peruano estaba en la lona; a duras penas había conseguido un trabajo como vendedor de helados, pero el día anterior le habían robado el carrito...
- “Sí, por acá nomás, pero se me acabó la estadía en el penthouse”, presumió, “... Por lo que tengo que regresar al San Diego... No hay lugar por ninguna parte, esto es un hormiguero!”, agregó para rematar la situación y no pasar por un muerto de hambre...Sin embargo, la vieja y raída malla de lycra amarilla que llevaba puesta, la misma que portaba 30 años atrás, no pasaba inadvertida ni para un ciego... El aspecto de Demian no se condecía con el de un potentado. Además… ¿San Clemente del Tuyú viviendo en el country más caro del GBA?... Vincennau no se tragó el sapo, y vaya uno a saber si por piedad o curiosidad, invitó al Peruano Dorado a su casa...
- “Venite, dale!... Vivo con mi hijo... Braulio, un pibe macanudo... Está en la edad del pavo, viste?... Vos me entendés…”, se despachó buscando la complicidad del peruano...
Demian asintió con una sonrisa, pero no sabía de qué le estaba hablando el viejo Natalio.... Solo se preguntó para sí “... ¿Cuántos años vivirá un pavo?”, al tiempo que recordaba haber escuchado de adolescente una frase similar de boca de su padre, Doroteo, quien la repetía siempre que veía a alguien medio estúpido: “Dejalo, está en la edad de Demian!”...
Continuará...
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